
Francisco López Muñoz, catedrático de Farmacología y vicerrector de Investigación, Ciencia y Doctorado de la Universidad Camilo José Cela, académico correspondiente de la Real Academia de Medicina del País Vasco y de otras academias nacionales e internacionales y académico de número de la Real Academia Europea de Doctores (RAED), reconstruye a partir de diarios, memorias y testimonios de posguerra, qué vieron y qué entendieron los médicos y sanitarios de la División Azul sobre la persecución de los judíos en el frente del Este en el artículo «Los médicos españoles de la División Azul y el Holocausto», publicado en el último número de los «Anales de la Real Academia de Doctores de España», correspondiente al volumen 11, número 2, de 2026. El académico firma su estudio junto a Esther Cuerda, profesora del Departamento de Historia, Filosofía y Ética de la Medicina de la Universidad Heinrich Heine de Düsseldorf, Alemania.
Los dos expertos explican que entre 1941 y 1943 sirvieron en la División Española de Voluntarios, encuadrada en la Wehrmacht como 250.ª División de Infantería, unos 208 oficiales médicos, unos cuarenta facultativos ajenos al Cuerpo de Sanidad Militar, 16 farmacéuticos y cerca de 150 enfermeras. Atendieron heridas de combate, congelaciones, infecciones y enfermedades infecciosas en puestos de socorro, hospitales de campaña y centros de evacuación en Vilna, Riga y Königsberg. En el frente, sobre todo en el Voljov y más tarde en el flanco sur del cerco de Leningrado, el contacto con población judía era ya imposible: esa comunidad había sido aniquilada antes de que llegaran los españoles. El encuentro se produjo en la retaguardia y en el tránsito hacia el Este.
En agosto de 1941, al cruzar Grodno, los divisionarios vieron barrios judíos, brazaletes con estrella y grupos conducidos por alemanes a trabajos de desescombro. El doctor José Luis Cáceres García de Viedma lo anotó en su diario con tono casi turístico: «las hebreas llamaban la atención por su abundancia y principalmente por su belleza». No menciona las matanzas del Einsatzgruppen B de julio ni los dos guetos que se cerrarían en noviembre. En Vilna, por cuyas inmediaciones pasó el 8 de septiembre, acababan de ejecutarse miles de civiles en el bosque de Ponary. El hospital español se instaló allí meses después, en febrero de 1942, en una antigua residencia de ferroviarios, a cinco kilómetros del casco urbano. En Riga, el edificio del antiguo Deutsche Krankenhaus se convirtió en hospital de evacuación justo después de la masacre de Rumbula, donde 30.000 judíos fueron fusilados.
Dentro de esos hospitales la convivencia era otra. El servicio médico empleó personal auxiliar judío e intérpretes en condiciones comparables a las de españoles, polacos, alemanes o bálticos. Algunos soldados escoltaban a esos trabajadores cuando iban y venían del gueto. Fuera, los sanitarios percibían la discriminación y las vejaciones, tanto alemanas como de milicias locales. Sabían, según testimonios orales posteriores, que algo grave ocurría con los recluidos. No consta, sin embargo, que conocieran el diseño de la denominada solución final ni el funcionamiento de las cámaras de gas. Como gran parte de la población civil alemana, vieron el maltrato y no el plan industrial de exterminio.
Los autores subrayan una diferencia de fondo con otros aliados del Eje. Las tropas españolas no protagonizaron asesinatos sistemáticos de judíos, a diferencia de unidades rumanas, húngaras o ucranianas. Tampoco fueron testigos presenciales de las ejecuciones de los Einsatzgruppen, aunque coincidieron en tiempo y zona durante el avance. El antisemitismo que arrastraban era, sostienen Cuerda y López Muñoz, el ideológico y no racial propio de la España de la época: sin el odio biológico nazi y, en la práctica, sin animosidad operativa. No fueron perpetradores. Los gestos de protección, en cambio, fueron limitados y poco contundentes si se comparan con los de soldados italianos o con la acción diplomática de figuras como Ángel Sanz Briz en Budapest. En los hospitales de retaguardia sí hubo medidas puntuales y efectivas a favor del personal judío colaborador.
Reconocido divulgador de la historia contemporánea, la literatura española de los Siglos de Oro y la medicina y farmacología, López Muñoz es doctor en Medicina y Cirugía y doctor en Lengua y Literatura Españolas, especialista en Medicina Farmacéutica y diplomado en Estudios sobre el Holocausto por la Escuela Internacional para los Estudios del Holocausto de Yad Vashem, en Jerusalén. Es investigador del Instituto de Investigación Hospital 12 de Octubre de Madrid, miembro del Consejo Rector del Instituto de Investigación Sanitaria HM Hospitales y del Instituto de Estudios Medievales y del Siglo de Oro Miguel de Cervantes de la Universidad de Alcalá de Henares, vocal del Consejo de Ciencia y Tecnología de la Comunidad de Madrid, asesor científico del Comité Iberoamericano de Ética y Bioética, miembro del Comité de Observación del Observatorio de Derechos Humanos de España, del Capítulo Español del Club de Roma y miembro de honor de la Fundación Ghandi-Mandela.
Ha participado en numerosas investigaciones y es autor de monografías y artículos en sus áreas de investigación. Recientemente ha sido nombrado de forma honorífica coronel de Kentucky y Guardia Civil Honorario, coincidiendo con el 25.º aniversario de la creación de esta figura, la máxima distinción civil del cuerpo, que se otorga de forma excepcional, y el pasado 20 de marzo fue reconocido con la Medalla al Mérito en la Ciberdefensa que otorga por la Asociación Profesional de Peritos de Nuevas Tecnologías.