José María Bové Montero

Dr. José María Bové

José María Bové, presidente de la firma de auditoría Bové Montero y Asociados, cónsul general honorario de Austria para Cataluña y Aragón y académico de número de la Real Academia Europea de Doctores (RAED), presentó en el X Encuentro Académico Internacional que la Real Corporación celebró entre los pasados 15 y 20 de marzo en diversas ciudades alemanas bajo el título genérico «El Rin como corriente del conocimiento: diálogos transfronterizos» la ponencia «Eurasia fracturada: reposicionamiento de Rusia», en la que analizó el desarrollo de Rusia desde los años 80 hasta la actualidad y los efectos que tiene y tendrá la guerra en Ucrania, que abre un nuevo escenario en el proyecto europeo y en su defensa.

Para el experto, Rusia continúa siendo, para Occidente, una gran desconocida. Tras la desintegración de la Unión Soviética, que supuso la pérdida de su estatus de superpotencia, el país vivió en los años 90 una década traumática de transición al capitalismo que supuso una suerte de terapia de choque, con una hiperinflación superior al 2.500%, el colapso del PIB cercano al 50% entre 1991 y 1997, el empobrecimiento masivo de la población y el auge de una nueva clase de oligarcas, que se repartieron a precios irrisorios los principales activos estatales. La crisis financiera de 1998, con devaluación del rublo y suspensión de pagos, marcó un punto de inflexión. La posterior recuperación, impulsada por el boom de los precios del petróleo y el gas, permitió a Vladímir Putin consolidar un capitalismo de Estado, recuperar el control de sectores estratégicos para proyectar una imagen de potencia energética.

Bové explicó cómo con la llegada de Putin al poder en el año 2000, Rusia viró hacia una postura multipolar, reivindicando su esfera de influencia en el espacio postsoviético y oponiéndose a la expansión de la OTAN. Las tensiones con Occidente se agravaron con la guerra de Georgia (2008), la anexión de Crimea (2014) y, especialmente, la invasión de Ucrania en febrero de 2022, que rompió la arquitectura de seguridad europea de la posguerra fría. Este conflicto, señaló, ha actuado como punto de inflexión. Occidente respondió con sanciones masivas, congelación de reservas del Banco Central de Rusia y embargos energéticos. Eso ha llevado a Moscú a reorientar su economía hacia Asia, convirtiendo a China en su principal socio comercial y a India en gran comprador de petróleo. Aunque mantiene una economía de guerra que le permite evitar el colapso, sufre aislamiento tecnológico, escasa diversificación industrial y fuerte dependencia de las materias primas.

De cara al futuro, el académico plantea varios escenarios para Rusia, desde la prolongación y enquistamiento del conflicto en Ucrania, con una mayor dependencia de China y un crecimiento estancado; a una desescalada negociada que le permita un crecimiento moderado, o incluso una posible transición controlada dentro del régimen. «A medio plazo, Rusia difícilmente recuperará el rol de gran arquitecto euroasiático. Se perfila más como una potencia sistémicamente relevante, pero en declive relativo, con limitaciones demográficas y económicas que le obligan a buscar equilibrios entre China, el denominado Sur Global y un Occidente fracturado», concluyó. Para Bové, en una Eurasia fracturada, Rusia mantiene capacidad de influencia, pero enfrenta serios condicionantes estructurales que complican su proyección futura como gran potencia.