
Sr. Antoni Garrell
Antoni Garrell, presidente de HM Hospitales y académico de honor de la Real Academia Europea de Doctores (RAED), comparte con la comunidad académica el artículo «El futuro no lo decidirán las máquinas, sino el talento», en el que reflexiona sobre el impacto que ha tenido su última obra, «La segona revolució digital: una nova era per a la humanitat». En esta misma línea, el académico ha publicado recientemente los artículos «El futur de l’enginyeria: la formació és l’adequada?» y «Europa sí tiene capacidad para lograr la soberanía tecnológica», aparecidos, respectivamente, en la publicación digital Fulls d’Enginyeria, editada por Enginyers de Catalunya, Colegio y Asociación de Ingenieros Industriales de Cataluña, y en Crónica Global, suplemento del diario digital El Español, los pasados 19 y 22 de enero.
Garrell es ingeniero industrial por la Universidad Politécnica de Cataluña, máster en Gestión y Administración y estudios de doctorado en Sistemas de Apoyo en la Toma de Decisión. Especialista en innovación y economía del conocimiento, ha desarrollado una amplia trayectoria profesional tanto en el ámbito de la tecnología computacional como en la gestión organizacional y estratégica y ha ocupado diversos cargos ejecutivos en empresas como Arthur Andersen, La Caixa, la Fundación Universidad y Tecnología La Salle y la Fundación de Diseño Textil. Desde el 2021 preside HM Hospitales. Ha formado parte de varios consejos de administración y de asesoramiento de empresas y ha ocupado cargos institucionales, como el de presidente del Círculo para el Conocimiento y del Consejo Ejecutivo de la Fundación Universidad Ramon Llull.
En el ámbito académico ha impartido clases y conferencias en universidades internacionales y es autor de más de 850 artículos sobre temas técnicos, económicos y de opinión y es autor o coautor de una decena de monografías sobre tecnología digital, multimedia e industria. Fue, asimismo, fundador de la revista tecnológica «INPUT». Sus últimos dos libros son «La industria 4.0 en la sociedad digital» (2019) y «Productos y servicios inteligentes y sostenibles» (2021). Garrell ingresó en la Real Corporación el pasado 20 de noviembre con el discurso «La segunda revolución digital: ¿la economía digital y la inteligencia artificial nos están conduciendo a una nueva era de la humanidad?», en el que reflexionó sobre los profundos cambios que está generando la transición hacia una era digital disruptiva, destacando tanto las oportunidades como los desafíos que esto implica a la luz de los efectos de revoluciones anteriores de carácter transformador.
El futuro no lo decidirán las máquinas, sino el talento

Hace unos días, un amigo que asistió al acto de mi entrada como académico de honor de la Real Academia Europea de Doctores, llamó para decirme que había acabado de leer mi libro: «La segona revolució digital: una nova era per a la humanitat», el cual sustentó mi discurso de ingreso en la RAED. Entre otras cosas, me comentó: «Leer tu último libro me ha llevado a hacerme muchas preguntas sobre el porvenir y sobre los dos motores, la inteligencia artificial y la economía digital, que impulsan el cambio de era. El cierto es que las empresas necesitamos talento, personas inteligentes y comprometidas, pero también es cierto que a menudo cuesta integrarlas a los equipos porque a menudo están instalados en la duda y les cuesta decidir». Su afirmación, que a las personas inteligentes les cuesta decidir, me llevó a formularme una pregunta inevitable: ¿por qué estas personas tienden a tener más dudas que las que lo son menos, hasta el punto de que, a veces, este hecho puede afectar a su estado de ánimo y conducirlas a un cierto cierre interior que dificulta el trabajo en equipo o la toma de decisiones?
La respuesta, fundamentada tanto en mi experiencia profesional como en una lectura cualitativa de la realidad organizativa contemporánea, es clara. Cuando hablo de personas inteligentes, me refiero principalmente a aquellas con una elevada capacidad cognitiva en el ámbito analítico, racional y crítico, con habilidades para gestionar la complejidad, identificar patrones y anticipar consecuencias, más allá de una concepción reduccionista de la inteligencia como simple coeficiente intelectual. Asumiendo que, al mismo tiempo, hay perfiles inteligentes altamente intuitivos o ejecutivos, una gran parte de estas personas tiende a convivir con dudas inherentes a su manera de procesar los retos y las incógnitas que el ejercicio profesional les plantea.
Varios estudios apuntan que una mayor capacidad cognitiva y metacognitiva va asociada a una conciencia más clara de los límites del propio conocimiento, hecho que incrementa la percepción de la incertidumbre. Al mismo tiempo, suelen tener una conciencia mucho más amplia de la complejidad del mundo, cosa que les permite percibir múltiples variables, interdependencias y consecuencias allí donde otros ven certezas simples. Esta visión expandida puede amplificar la incertidumbre cuando no se dispone de toda la información o cuando las opciones no son claramente óptimas.
Sin embargo, las personas inteligentes acostumbran a ser muy críticas con sus propios juicios, ya que son profundamente conscientes de los límites de su conocimiento y de los sesgos que pueden condicionar su percepción. La literatura sugiere que esta conciencia crítica no es un indicador de inseguridad, sino una expresión de humildad intelectual que lleva a cuestionarse constantemente por respeto a la verdad y a las consecuencias de las decisiones. Otro aspecto relevante es su necesidad intrínseca de coherencia lógica y de evidencia sólida. Esta exigencia interna a menudo entra en conflicto con un mundo lleno de ambigüedades, incertidumbres y fenómenos sin soluciones claras, hecho que dificulta identificar una respuesta única o inequívocamente correcta. Todo puede derivar en situaciones de duda que dificultan la decisión, acentuadas por una fuerte autoexigencia, unos rasgos que a menudo son mal interpretados para personas menos inclinadas al análisis profundo.
No obstante, la duda, en las personas inteligentes, no es un signo de debilidad, sino un aspecto asociado a una mente que se enfrenta con lucidez a la complejidad del mundo. Desde una perspectiva cualitativa, se puede afirmar que esta disposición a la duda es una condición necesaria para el avance del conocimiento y para el abordaje de problemas que, a priori, parecen irresolubles. Esta calidad se vuelve especialmente relevante en épocas de transición como el actual, en el marco de la segunda revolución digital. Su alta capacidad cognitiva permite cuestionar, analizar y buscar con precisión las mejores opciones en un contexto dominado por la incertidumbre, sabemos o estamos pero no el destino final. Por eso, para mí, trabajar con personas inteligentes no sólo es deseable, sino absolutamente necesario si se quieren lindar con éxito los retos complejos de la nueva era digital que esta empezando la humanidad.
La afirmación de que es bueno, e imprescindible, trabajar con personas inteligentes, o, dicho de otra manera, incorporar y fidelizar talento a las organizaciones de todo tipo, se puede argumentar por varias razones. A mi entender, las cuatro más relevantes son las siguientes:
La primera radica en el hecho de que las personas inteligentes tienen una capacidad especial para percibir la complejidad de la realidad. Allí donde otros ven problemas simples con soluciones inmediatas, ellas identifican variables, interdependencias y consecuencias a medio y largo plazo. Esta mirada ampliada contribuye a evitar errores costosos y decisiones precipitadas.
La segunda razón es que trabajar con personas inteligentes eleva el nivel de pensamiento de los equipos, ya que obliga a argumentar mejor, a justificar las decisiones y a huir de soluciones aparentemente simples que, a menudo, esconden riesgos significativos. Este ejercicio colectivo permite detectar incoherencias y minimizar errores que, muy a menudo, sólo se hacen evidentes cuando ya es demasiado tarde.
La tercera se fundamenta en su capacidad para formular las preguntas adecuadas, aquéllas que permiten identificar los interrogantes relevantes, abrir caminos y avanzar en entornos complejos. Esta actitud, basada en la coherencia y el rigor, mejora la calidad de los proyectos y genera confianza dentro de los equipos.
Finalmente, la cuarta razón es que trabajar con personas inteligentes es el motor de la innovación real. Su espíritu crítico les permite cuestionar lo que ya existe, conectar ideas diversas y explorar nuevas posibilidades con criterio y sentido. No innovan porque sea una tendencia, sino por convicción, articulando una cultura de calidad y de excelencia que potencia el trabajo bien hecho y la competitividad, a la vez que genera progreso.
Hay que asumir que trabajar con personas inteligentes permite impulsar cualquier organización, siempre que se asuma que incorporarlas a los equipos implica entenderlas, escucharlas y complementarlas adecuadamente. Estas reflexiones no pretenden establecer una relación causal directa ni universal, sino poner de manifiesto patrones observables que, cuando se dan las condiciones adecuadas, pueden generar una espiral virtuosa que permite desplegar talento, coger retos complejos y alcanzar la satisfacción asociada al trabajo bien hecho.
En definitiva, la transición hacia la nueva era digital de la humanidad no se decidirá sólo por la tecnología que desarrollamos, las políticas y los sistemas productivos que implementamos, sino, sobre todo, por el talento que seamos capaces de atraer, cuidar y fidelizar. Sin personas inteligentes, críticas y comprometidas, la inteligencia artificial y la economía digital quedarán vacías de propósito. Hacer surgir, captar y fidelizar talento no es una opción estratégica más, es el pilar fundamental sobre el cual se tiene que construir el futuro. Las organizaciones que lo entiendan a tiempo no sólo serán más competitivas, sino que contribuirán activamente a dar sentido, dirección y humanidad en la nueva era digital a la que nos estamos introduciendo.