José María Gay de Liébana

Dr. José María Gay de Liébana

La Junta de Gobierno de la Real Academia Europea de Doctores-Barcelona 1914 (RAED), en nombre de toda la comunidad académica, se suma al dolor por la pérdida de su académico de número José María Gay de Liébana, profesor de la Facultad de Economía y Empresa de la Universidad de Barcelona y de diversas escuelas de negocios y reconocido divulgador económico. Gay de Liébana falleció el 16 de julio a los 68 años en su domicilio de Barcelona víctima de un cáncer. Figura omnipresente en la divulgación económica, siempre destacó por su energía y trabajo incansable, tanto en el ámbito educativo como profesional.

Apasionado por la docencia y la comunicación, se licenció en Economía, en Administración y Dirección de Empresas, en Derecho, en Ciencias Empresariales y como perito y profesor mercantil y era doctor en Ciencias Económicas y en Derecho. En el ámbito divulgativo, sus vídeos en el canal E-Konomía de la edición digital del diario «La Vanguardia» y sus intervenciones en la cadena radiofónica Cope, así como sus últimas publicaciones, lo habían convertido en estos últimos años en uno de los referentes de la información económica en España.

Alfredo Rocafort, presidente de la Junta de Gobierno de la RAED, fue el encargado, por deseo expreso de Gay de Liébana, de escribir el obituario en su memoria que ha publicado «La Vanguardia» y que reproducimos de forma íntegra.

El velatorio será este domingo, 18 de julio, a partir de las 16.00 h, en el tanatorio de Sant Gervasi (c/ Carles Riba, 10-12, Barcelona) y el funeral será el lunes, 19 de julio, en el mismo espacio a las 12.00 h.

 

Obituario de José María Gay de Liébana

Un economista al que entendíamos todos

Nos ha dejado José María Gay de Liébana, una persona especial, un amigo del alma, un ser humano excepcional, un comunicador inigualable y un profesor vocacional, cuyo amor por enseñar fue mucho más allá de los alumnos que tuvieron la suerte de disfrutar de su magisterio universitario ya que también incluyó a las miles de personas que cada día seguían sus vídeos sobre temas de economía en «La Vanguardia», o a los que disfrutaban con sus intervenciones, siempre atinadas, procedentes, claras y al alcance de cualquier público, en múltiples medios, que le granjearon una merecida aureola de sabio próximo y accesible.

Se ha ido, además, un gran académico, una persona que, desde su ingreso como miembro numerario en la Real Academia Europea de Doctores en el año 2014, fue una referencia constante en las actividades de nuestra institución. Sus discursos de respuesta al ingreso de otros colegas serán recordados siempre, por la entonación, con su característica voz de barítono, y por la precisión, nunca exenta de emoción, con la que daba la bienvenida a los nuevos académicos.

La partida de una personalidad como la suya es una pérdida irreparable para una sociedad como la nuestra tan necesitada de referentes con sentido común, con conocimiento, y con alma de divulgador como la que tenía José María.

Amigo íntimo sin barreras, me pidió el pasado 7 de julio, en un mensaje que guardaré en mi corazón mientras viva, que escribiera su obituario para su querido diario «La Vanguardia», donde hacía esas intervenciones que a partir de hoy sin duda constituirán una memoria viva del acervo cultural y económico de este diario y que servirán, sin duda, para que los futuros economistas puedan conocer en primera persona el pensamiento, las maneras y los mensajes que, con sabia y fina maestría, era capaz de hilvanar José María Gay de Liébana, y que, incluso en sus momentos finales, cuando ya era plenamente consciente de que le quedaban pocos días de vida, no quiso dejar de acompañarnos.

El legado de José María Gay de Liébana, nacido hace 68 años en Barcelona, es la llamada a las nuevas generaciones de que se puede llegar a ser tan excelso profesional como era él, si se pone su tesón, su coraje, su vocación, sus horas de dedicación al estudio y sobre todo su bonhomía.

Era una persona maravillosa, amigo de sus amigos, leal, entregado y dispuesto siempre a ayudar, cargando de hipérboles cariñosas a los logros de cualquiera de sus colegas y ofreciendo siempre lo mejor de su gran sabiduría para cualquiera que le requiriera su opinión sobre un tema con su gran sonrisa y su inigualable empatía personal.

José María era, vocacionalmente, un divulgador científico. Un gran comunicador, usaba la voz con singular maestría y era capaz de transmitir como muy pocos expertos de nuestro país, los más intrincados conceptos económicos y sus opiniones críticas, siempre fundamentadas en un profundo conocimiento y una increíble capacidad de reflexión, era un modelo de lo que debe ser un divulgador. Sus intervenciones en programas tanto en televisión como en radio le otorgaron siempre una gran credibilidad, por la capacidad de explicar, transmitir y de sintetizar esos conceptos poniéndolos al alcance de un público que seguía y apreciaba sus comentarios y sus atinadas observaciones.

José María Gay de Liébana era, además de economista, abogado y profesor mercantil, poseía sendos doctorados en Derecho y en Ciencias Económicas y Sociales y licenciaturas en Economía, Administración y Dirección de Empresas, Derecho, y en Ciencias Empresariales. Además de esas titulaciones, completó su formación académica con una diplomatura en Estudios de Dirección de Empresas -especialidad económico-financiera- por Esade.

Su labor docente fue amplia y deja a un buen número de discípulos, que estoy seguro, como todos los que le conocimos y tratamos, que hoy lloran su pérdida, ya que a buen seguro fue para muchos de ellos un referente en su formación profesional. Entre sus múltiples responsabilidades docentes, destacaré la de profesor titular de Economía Financiera y Contabilidad en la Facultad de Economía y Empresa de la Universidad de Barcelona, estando adscrito, y siendo colega de quien esto escribe, al Departamento de Contabilidad.

Entre 1981 y 1988 simultaneó su actividad docente en la Universidad de Barcelona y en Esade, en esta última como profesor de Derecho Fiscal y fue profesor invitado en numerosas universidades nacionales y extranjeras. También puso en marcha un despacho de asesoría profesional que pronto se convirtió en un referente por los conocimientos enciclopédicos y la capacidad profesional que acreditaba.

Fue un reconocido conferenciante, y era invitado habitual a foros económicos nacionales y extranjeros que además, en muchas ocasiones, le distinguieron con premios y condecoraciones que él recibía con humildad y alegría, siempre dispuesto a ejercer esa labor de difusor del conocimiento en la que era maestro inigualable.

Sus aportaciones literarias fueron también muy importantes. Deja tras de sí un buen número de libros, los dos últimos, vinculados a la Real Academia; uno, «Retos Vitales para una nueva era«, publicado a finales de abril del 2021 en el que colaboró con el entusiasmo que siempre ponía en todo, con otros académicos y personalidades internacionales con sus reflexiones sobre los retos económicos a los que nos enfrentamos, y otro «La gran pausa. Gramática de una pandemia«, en el que escribió una de las más lúcidas reflexiones que se han hecho en estos tiempos sobre las consecuencias de la pandemia en la economía española y europea.

Otra faceta de su vida con la que se sentía feliz era el mundo del deporte, sobre todo en los que asiduamente seguía o practicaba, como el golf o el tenis. Eran famosos sus partidos de dobles en el Real Club de Tenis Barcelona con algunos de sus compañeros que hoy también lloran su pérdida.

Pero si hay en ese mundo deportivo un aspecto del que alardeaba y era un apasionado defensor, fue de su militancia como aficionado y socio del Reial Club Deportiu Espanyol. Todavía recuerdo, hace unos pocos años, cuando la enfermedad que se lo ha terminado llevando de nuestro lado afloró, se corrió el rumor que estaba muy grave y él con su humor socarrón, tranquilizó a sus fieles seguidores y amigos diciendo que «no pensaba morirse mientras el RCD Espanyol no ganara la Champions». Lamentablemente su deseo no ha podido verse hecho realidad, pero espero que, si algún día eso sucede, el club de sus amores lo recuerde de una manera especial.

A José María le gustaba disfrutar de la vida, de los amigos, de sus caminatas por la Cerdaña y de la buena mesa (fue notoria su investidura en el Serenísimo Capítulo del Vino) y le gustaba sobre todo ayudar y colaborar en las cosas que se le pedían. Eso le hacía feliz y he sido testigo de numerosas ocasiones en que así acontecía.

Una mención especial merece, en este relato emocionado de un amigo, su esposa Memé. Y su hijo Pepe.

Durante más de 40 años juntos, formaron una pareja ejemplar, en la que María de las Mercedes, Memé, estuvo a su lado, personal y profesionalmente, ayudándolo y animándolo en sus múltiples actividades. Ella ha sido su gran apoyo y la fuerza que nunca le faltó para poder culminar con éxito sus muy diversos retos. Su entereza y dedicación hasta el final ha sido para todos nosotros un ejemplo de abnegación y de fortaleza.

Su hijo Pepe, alegría de la vida de ambos, optó por no seguir los pasos profesionales de su padre y ha destacado en los últimos años por una prometedora carrera como cineasta y que, a pesar de la tristeza de la pérdida, podrá sentirse orgulloso del padre que tuvo que lo quiso con locura y de quien recibió apoyo en todas sus iniciativas.

Y quiero acabar este encargo, que ha sido el más duro emocionalmente que he recibido en mi vida, con el recuerdo de mis últimas conversaciones con José María, por su entereza ante su próximo final, por su lucha incansable para intentar evitarlo, pero con la serena aceptación de que el ciclo de su vida llegaba al final. El día que le dieron la extremaunción me pidió que, como último deseo, escribiera este obituario. Lo hago a pesar de que las lágrimas dificultan esta tarea, no solo porque se me ha ido un amigo, un hermano, un maestro, sino porque creo que el mundo es un poco más triste y el conocimiento y la razón se quedan un poco más huérfanos ante la pérdida de un ser humano excepcional al que estoy seguro la historia recordará como lo que fue. Un gran hombre.

Descansa en paz, querido José María.

Alfredo Rocafort Nicolau