
Jesús Alberto García Riesco
Jesús Alberto García Riesco, coronel del Ejército de Tierra, miembro de la Asociación Española de Militares Escritores y colaborador de la Real Academia Europea de Doctores (RAED), analiza las relaciones de Rusia con Europa y, por extensión, con Occidente, en un artículo publicado el pasado 7 de febrero en el portal Cantabria Directa. En su reflexión, señala que desde Rusia se sigue considerando que Europa no ve a Rusia como un aliado o como un actor continental con quien colaborar, sino como un transgresor al que hay que contener o anular.
«Rusia considera que Europa lleva dos siglos sin tratarla como se merece. Ante el desdén estadounidense hacia unos aliados europeos débiles, se están imponiendo en el Kremlin las tesis más eslavófilas que consideran al continente un ente frágil y hostil a quien hay que ignorar y sabotear. Frente a la amenaza, Europa carece de la necesaria capacidad de disuasión por lo que debe dedicar sus mejores energías a desarrollar la defensa total y, una vez demostrada la fuerza, intentar restablecer las relaciones diplomáticas con Rusia previas a la invasión de Ucrania», inicia su argumentación.
Para el experto, el intento de construir una cooperación paneuropea en los años 90 del siglo XX, tras la caída del muro de Berlín, fracasó por la ampliación de la OTAN hacia el este y por decisiones occidentales como la intervención en Yugoslavia en 1999, que Rusia interpretó como prueba de su marginación. A partir de entonces, en el Kremlin se consolidó una visión más nacionalista y eslavófila que percibe a Occidente como hostil. Un sentimiento que, además, cuenta con antecedentes históricos como la Guerra de Crimea o la intervención occidental contra la revolución bolchevique. En este contexto, García Riesco señala que el conflicto en Ucrania se entiende en Moscú como parte de esa confrontación más amplia con Occidente, ya que Rusia justifica su política exterior como una defensa de su seguridad y de su identidad frente a lo que considera un intento occidental de limitar su influencia.
El autor concluye con la advertencia de que Europa carece de suficiente capacidad de disuasión militar y debe reforzar su defensa y cohesión estratégica y que solo tras demostrar fortaleza sería posible reconstruir relaciones diplomáticas estables con Rusia en el futuro. «Ante la ausencia de una unión política que sustente al ejército europeo, la historia de la defensa continental ha sido un proceso de fracasos positivistas; el plan Klingbeil, recientemente anunciado como la unión de seis países europeos para potenciar el continente económica y militarmente, continúa con el mismo esquema. Sin embargo, ninguna sociedad disuade sin las virtudes intangibles que, a la postre, deciden los resultados de los conflictos: una retaguardia organizada y sacrificada, liderada por las mentes más brillantes, que despliega en el frente a soldados capaces y generosos dispuestos a causar bajas y a morir. Europa tiene en el modelo finlandés de seguridad integral la mejor referencia para conseguir capacidad de disuasión, porque coordina cientos de organizaciones públicas y privadas en simulacros nacionales y exige que cada ministerio mantenga activados planes que garanticen los servicios esenciales, las cadenas de suministro y las comunicaciones», finaliza el experto su reflexión.