
La Junta de Gobierno de la Real Academia Europea de Doctores (RAED), en nombre de toda la comunidad académica, lamenta profundamente la pérdida del académico de honor y embajador extraordinario Gabriel Masfurroll, acaecida el pasado 13 de diciembre. «Su desaparición supone una pérdida muy sentida para nuestra institución. Masfurroll fue una figura de referencia por su compromiso con la excelencia, su espíritu humanista y su constante apoyo a los valores que inspiran la labor académica y social de la RAED, cualidades que supo proyectar también desde su responsabilidad como presidente de Clínicas Mi. En nombre de la Real Academia y de todos sus miembros, expresamos nuestro más sentido pésame a su familia, amigos y allegados, a quienes trasladamos nuestro afectuoso acompañamiento en estos momentos de dolor», señaló el presidente de la Real Corporación, Alfredo Rocafort.
Masfurroll inició su carrera profesional como economista en el ámbito sanitario y participó en la creación de la Fundación Catalana Síndrome de Down. Presidió durante casi una década el Consejo Social de la Universidad Autónoma de Barcelona, si bien su notoriedad llegó como miembro de la directiva del Futbol Club Barcelona. En la actualidad era asesor y miembro de los consejos de administración de varias compañías, entre ellas las empresas suecas Kreab Worldwide AB y EQT Capital Partners. En su carrera profesional intervino como profesor invitado en reconocidas escuelas de negocios como IESE, Esade y el Instituto de Empresa. Fue asimismo mentor, asesor e inversor en empresas de jóvenes emprendedores, columnista en diversos medios y autor de varias obras de referencia en el mundo de los negocios. Había merecido diversos reconocimientos, entre ellos la Creu de Sant Jordi de la Generalitat de Cataluña, la Orden Civil en Sanidad o la Estrella de la Solidaridad de la República Italiana.
Como homenaje, la Real Academia recupera el sentido obituario que su vicepresidente Jaume Llopis le brindó el pasado 15 de diciembre en las páginas del diario «La Vanguardia».
Un líder con vocación de servicio
La muerte de Gabriel Masfurroll Lacambra deja un vacío profundo. En el ámbito profesional, en el mundo académico, en la sanidad, en el deporte. Pero, para quienes tuvimos la fortuna de conocerle bien, su ausencia duele sobre todo en el plano más personal, en las conversaciones pendientes, en las ideas compartidas, en una amistad construida a lo largo de décadas.
Conocí a Gabriel Masfurroll hace casi cuarenta años. Nos unió el Barça, pero pronto entendí que aquella afinidad inicial era solo la puerta de entrada a una relación mucho más rica. Masfurroll destacaba ya entonces por algo poco común: pensamiento propio, espíritu crítico y una independencia intelectual que mantuvo intacta hasta el final. Nunca fue un hombre cómodo para el gregarismo ni para los liderazgos incuestionados.
Nació en Barcelona en 1953, en una familia marcada por una singularidad que él evocaba con orgullo: el liderazgo de su abuela y de su madre al frente de la empresa familiar, en una época en la que aquello era casi inaudito. De ellas heredó una manera de entender la responsabilidad y el trabajo que combinaba exigencia, discreción y sentido ético.
Su trayectoria profesional estuvo profundamente ligada al mundo de la sanidad. Se inició en el hospital de Sant Pau, experiencia que marcó su vida. Allí descubrió su vocación por la gestión hospitalaria y aprendió algo que repetiría a menudo: que la economía solo tiene sentido cuando está al servicio de la calidad asistencial y de las personas. Ese principio guio su paso por la Fundación Puigvert, por American Medical International y por la dirección de centros tan emblemáticos como la Clínica Quirón de Barcelona o la Fundación Jiménez Díaz de Madrid.
En 1998 dio un paso decisivo con la creación de USP Hospitales, un proyecto pionero que transformó la sanidad privada en España. No fue solo un éxito empresarial; fue un cambio de paradigma.
Tras vender su participación en USP, lejos de retirarse, siguió emprendiendo, apoyando proyectos y asesorando a jóvenes empresarios y directivos. En una etapa más reciente, impulsó el grupo Clínicas Mi, proyecto que encarnaba su voluntad de dar continuidad a una sanidad cercana, bien gestionada y con valores. En este proyecto tuvo un papel destacado su hijo, Gabriel Masfurroll Cortada, actual consejero delegado del grupo, en quien depositó su confianza y a quien acompañó siempre desde la experiencia, sin interferir, con respeto y generosidad. Junto a él, su hija Paola ocupó siempre un lugar central en su vida familiar, de la que hablaba con orgullo sereno y gratitud constante.
Su compromiso con la sociedad fue siempre sincero, constante y profundamente coherente con su manera de entender la vida. Creyó firmemente en el deporte como herramienta de integración y transformación social, especialmente a través de su estrecha vinculación con la Fundación Laureus. Pero hubo un compromiso aún más hondo, nacido del dolor más difícil de afrontar: la muerte de su hijo Álex, siendo todavía un niño. Aquella pérdida marcó para siempre a Gabriel Masfurroll y a su esposa, Cris, compañera de vida, apoyo incondicional y referencia constante en todos los momentos decisivos.
Vivió el FC Barcelona desde dentro, como directivo y vicepresidente en distintas etapas. Lo hizo siempre desde la lealtad crítica, desde el amor al club y desde una independencia de criterio que a veces incomodaba, pero que era profundamente honesta. Amó al Barça sin dejar de pensar por sí mismo y defendió siempre que las instituciones solo se fortalecen cuando aceptan la discrepancia.
En el ámbito académico, su ingreso en la Real Academia Europea de Doctores como académico de honor y embajador extraordinario, en mayo del 2024, fue para él un reconocimiento especialmente significativo. Desde ese momento, Gabriel Masfurroll se implicó con la academia con la misma actitud que caracterizaba todo lo que hacía: presencia constante, mano tendida, voluntad de ayudar y de contribuir al desarrollo institucional y humano de la RAED siempre que hiciera falta.
En el trato personal, Masfurroll era cercano, directo y profundamente humano. Tenía conversación, sentido del humor y una curiosidad genuina por los demás. Sabía escuchar, sabía preguntar y sabía callar cuando tocaba. No cultivaba amistades superficiales ni relaciones instrumentales. Valoraba la lealtad, la sinceridad y el tiempo compartido. Por eso sus amistades eran duraderas y auténticas.
Para mí, Gabriel Masfurroll fue mucho más que un referente profesional. Fue un amigo. Una conversación estimulante. Un ejemplo de coherencia entre lo que se piensa, lo que se dice y lo que se hace. Su ausencia deja un silencio difícil de llenar, pero su legado -humano y profesional- permanece.
Nos corresponde ahora recordarlo como él vivió: con libertad, con compromiso y con una profunda fidelidad a los valores que dan sentido a una vida bien vivida.